Los trenes pasan

Los trenes pasan.

Yo, Hugo Cabret, ¿qué les puedo quitar  para que no me me descubran?, ¿qué puedo inventar?, si acaso yo mismo soy un viejo juguetero. Es fácil entusiasmarse con Nietzsche: “si tenemos nuestro propio porqué, podemos soportar casi cualquier cómo”. Como que vivimos sólo porque nosotros sabemos lo soportable. ¿Cómo encontrar un tren?, ¿a dónde  van?. Es difícil, Nietzsche desde el campo sagrado de la religión del arte.

Puede que termine llevando la jarra, que se doble, se quiebre en el esfuerzo de nunca llegar al borde duro, puede que una y otra vez caiga sobre las rodillas implorando una dosis de esperanza, que no me la den, nadie puede, todos pueden; y me quede esperando a que desde adentro  de mi tintineo encuentre; puede que nada suceda, que el sentido de estar sea resbalar curioso por el agua congelada, que el agua se me endurezca en los pies, bajo mis pies casi de repente, así tan despacio que no lo percate y que me quede observando su frío, su modo atroz de enfriarme.

Puede que un tren se detenga.

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No tengo interés

No tengo interés en seguir a nadie. A los intelectuales, los poetas que me han tocado de contemporáneos, los filósofos que despotrican sobre  economía y  sistemas políticos, esos catedráticos aún pendientes del tiempo que  decanta, les guiño el ojo.

No rehúyo de lo que piensan. La verdad es enorme y no es del primero que la diga, la verdad puede estar escondida de este sol. La verdad la verá aquella luna cuando se siente a cantarle a ellos, y a mí con ellos, que de todos tomo y lo eructo a mi manera, de acuerdo a las clavijas que me han hecho sonar.

Allí estaremos sacrosantos.